Fe en medio de la adversidad
Por: Alejandro Patrón | Fuente: Catholic.Net

Es muy fácil decir que creemos en Dios y que tenemos fe cuando todo va bien. Cuando tenemos salud, nuestra familia está bien, hay trabajo, nuestros planes funcionan y podemos acostarnos tranquilos pensando que mañana será un buen día. Pero… ¿qué pasa con nuestra fe cuando todo parece ir mal? En los últimos meses hemos sido testigos de noticias terribles: guerras, terremotos, inseguridad, ataques contra lugares sagrados, sacerdotes y personas inocentes. Y ante tanto dolor es imposible no hacerse una pregunta que probablemente ha acompañado al ser humano durante siglos: ¿Dónde está Dios? Y todavía una más complicada: Si Dios puede hacer cualquier cosa, ¿por qué permite que todo esto suceda? Recuerdo que de pequeño pensaba precisamente eso. Si Dios es todopoderoso y con su voluntad podría cambiar las cosas, ¿por qué simplemente no detiene a quien está a punto de hacer algo malo?
Con los años entendí que una parte de la respuesta está en algo que Dios mismo nos regaló por amor: la libertad. Dios nos dio libre albedrío. Eso significa que podemos elegir amar… pero también podemos elegir no hacerlo. Podemos construir o destruir. Perdonar o lastimar. Ayudar a alguien o darle la espalda. Y Dios se toma nuestra libertad tan en serio que no nos creó como robots programados para hacer siempre lo correcto. Porque si estuviéramos obligados a amar, entonces realmente no estaríamos amando. Por eso, cuando una persona decide atacar a otra, provocar una guerra, destruir un lugar religioso o lastimar a alguien, no podemos decir que Dios deseaba que eso ocurriera. Es una persona utilizando su libertad para hacer el mal. La misma libertad que tú tienes para decidir seguir los mandamientos, ayudar al prójimo, perdonar, servir y amar.
Hasta aquí quizá podemos comprender una parte. Pero entonces viene una pregunta todavía más difícil: ¿Y qué pasa con aquello que nadie decidió? ¿Qué pasa con un terremoto, un huracán, una enfermedad o cualquier desastre natural? ¿Por qué Dios no simplemente los detiene? Aquí tengo que decirte algo que quizá no sea la respuesta que esperabas: no siempre vamos a saber por qué. Nuestra fe no pretende tener una explicación sencilla para cada tragedia. La Iglesia nos enseña que Dios creó un universo real, dinámico y con leyes propias. La creación todavía se encuentra en camino hacia su plenitud y, dentro de ella, existen procesos naturales que pueden provocar dolor y destrucción. Pero eso no significa que Dios sea indiferente. Y para entenderlo basta mirar la Cruz. El catolicismo no nos presenta a un Dios que observa nuestro sufrimiento cómodamente desde el Cielo. Nos presenta a un Dios que decidió entrar en nuestra historia. Que lloró, que sintió miedo y angustia, que fue golpeado, que perdió amigos, que experimentó el dolor y que finalmente murió en una cruz.
Por eso, frente al sufrimiento, quizá la pregunta no sea únicamente: “Dios, ¿por qué permitiste esto?” También podemos preguntarle: “Dios, ¿dónde estás en medio de todo esto?” Y muchas veces la respuesta aparece donde menos lo esperamos. Está en el rescatista que entra entre los escombros buscando sobrevivientes. En quien comparte alimento con una familia que perdió todo. En el médico que continúa atendiendo en medio de una guerra. En quien abre las puertas de su casa. En quien reza por alguien que ni siquiera conoce. En las comunidades que se organizan para ayudar. Porque cuando aparece el dolor, nosotros también tenemos libertad para decidir qué hacemos frente a él. Podemos permanecer indiferentes…o podemos convertirnos en las manos que ayuden a alguien a levantarse. Tener fe en medio de la adversidad no significa fingir que todo está bien. Tampoco significa que no podamos llorar, tener miedo, enojarnos o preguntarle a Dios por qué.
Jesús mismo, desde la Cruz, gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27,46). La fe no elimina nuestras preguntas. Nos ayuda a no enfrentarlas solos. Tal vez nunca comprendamos completamente por qué ocurren algunas cosas. Hay dolores para los cuales probablemente ninguna explicación humana será suficiente. Pero nuestra esperanza cristiana está precisamente ahí: el sufrimiento no tiene la última palabra. Después de la Cruz vino la Resurrección. Después de la muerte, la Vida. Y aunque haya momentos en los que parezca que Dios guarda silencio, nuestra fe nos recuerda que Él continúa ahí, caminando con nosotros en medio de la tormenta. Quizá creer cuando todo sale bien sea sencillo. El verdadero reto es poder mirar al cielo cuando todo parece derrumbarse y, aun sin comprender, decir: “Señor, no entiendo lo que está pasando… pero sigo confiando en Ti.”


















