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Cuando el ser humano pierde su identidad
El fenómeno "therian" y su ruptura con la naturaleza.


Por: Brenda Treviño | Fuente: Catholic.net



En las últimas semanas hemos visto el fenómeno “therian” circulando con mucha fuerza en las redes sociales. Vemos videos de jóvenes con máscaras y colas, caminando en cuatro patas, explicando que se sienten perros, gatos, lobos u otros animales, afirmando que no se identifican como plenamente humanos. Estos videos y fotos, que en su mayoría han sido objeto de burla, esconden algo más profundo y preocupante para la sociedad. Más que reírnos o solamente escandalizarnos, vale la pena detenernos a analizar lo que está sucediendo. ¿Qué está ocurriendo en nuestra cultura para que algunas personas lleguen a afirmar que su identidad no es humana?

¿Qué son los “therians”?

Vamos primero a los conceptos. El término “therian” proviene del griego “therion” que significa “bestia” o “animal”. Los therians creen que tienen una conexión espiritual o psicológica con un animal, la cuál se puede manifestar interna o externamente, a través del comportamiento, la identidad o en sus creencias espirituales. Los therians ven esta conexión con los animales cómo una parte fundamental de quienes son. En pocas palabras, no son meros fanáticos o amantes de los animales, sino que verdaderamente lo hacen parte de su identidad.

Existen antecedentes culturales y mitológicos de la “theriantropía”, por ejemplo en la cultura japonesa a inicios de los años 1900 para describir el aspecto espiritual de la transformación de los humanos a animales salvajes. Sin embargo, el término se popularizó hasta los años 90s en un foros de internet para personas que fantaseaban con ser hombres lobos.

Ahora, un punto importante a aclarar, es que podemos ver este fenómeno desde dos lentes. Uno: de manera individual, desde la perspectiva psicológica, donde se podría interpretar cómo un fenómeno relacionado con la salud mental. Dos: de manera colectiva, desde la perspectiva antropológica, en donde entra en juego el factor de creencias sistemáticas. Independientemente de si se trata de una experiencia identitaria individual, o de un fenómeno ligado a querer pertenecer a una comunidad, necesitamos cuestionarnos: ¿por qué alguien sentiría la necesidad de abandonar su propia condición humana?

La crisis de identidad de hoy en día

Vivimos en una sociedad que poco a poco ha ido desplazando el concepto de naturaleza. Durante siglos, la naturaleza humana se sabía como algo recibido, pues nacer humano no era una elección, sino una realidad. Hoy la sociedad está tratando de imponer la idea de que la identidad es una construcción, moldeada exclusivamente por el sentimiento individual: “soy aquello que siento ser”.



Muchas personas podrían decir, “¿Qué tiene de malo? Que cada quien realice lo que lo haga feliz.” Pero en realidad, cuando la naturaleza deja de ser una realidad objetiva y comienza a fundamentarse en una experiencia subjetiva, se vuelve algo que se puede fabricar al antojo de cada uno. Ese es el peligro del relativismo moderno.

¿Qué significa ser humano?

La ontología es una rama de la filosofía que estudia la naturaleza del ser y su existencia, y en el libro del Génesis, encontramos una de las mayores declaraciones ontológicas que existe sobre el ser humano: “Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dioslo creó; varón y mujer los creó” (Gn 1,27).

En el momento de la creación, Dios no nos crea cómo “una criatura más del montón”, pues en realidad, Dios corona su creación con el ser humano. El ser humano no es simplemente una creación más “compleja” que otros animales, es una creación a imagen de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice en el numeral 356: “De todas las criaturas visibles sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador”. Esta capacidad define nuestra dignidad, pues solo nosotros tenemos el privilegio de tener una relación con Él. Inclusive leemos en el Salmo: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? […] Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad” (Sal 8,5-6).

¿Te habías cuestionado eso? Fuimos creados poco inferiores a los ángeles, y coronados de gloria y de dignidad por Dios mismo. Estamos llamados a la relación, a la verdad, al bien, al amor. Ningún animal comparte esa dimensión espiritual. Esto no implica despreciar a los animales, que son buenos, bellos y parte la misma creación de Dios… pero el hombre no es uno más entre ellos.

Entonces, cuando alguien afirma que su naturaleza o identidad no es humana, lo que está en juego no es solamente cómo decide verse y actuar, sino una ruptura con esta verdad fundamental. Las personas que forman parte del colectivo therian dicen “sentirse” un animal, pero un sentimiento, por intenso que sea, no puede sostener por sí solo el peso ontológico de la naturaleza del hombre.



Cuando el hombre deja de mirarse en su Creador

Si dejamos fuera los graves problemas psicológicos y sociales que este fenómeno trae consigo, descubrimos un problema aún más grande: si la identidad depende exclusivamente de la autopercepción interna y del sentir, entonces cada uno se convierte en su propio creador, dejando fuera a el verdadero Creador.

Podemos llegar a pensar que este fenómeno es algo nuevo, pero vemos cómo San Pablo en su carta a los Romanos, de una manera casi profética nos dice: “Cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes que representan al hombre corruptible, aves, cuadrúpedos y reptiles [...] de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador.” (Rm 1,23).

Cuando el hombre pierde la orientación hacia Dios, su identidad se desordena. Cuando el hombre deja de reconocerse a imagen de Dios, puede terminar reduciéndose a algo menos que humano, y esa no es la dignidad con la que fuimos creados.

La herida en la identidad

Sabemos que la humanidad vive herida por el pecado original, el cual trae confusión interior, desorden en los deseos y dificultad para reconocerse plenamente. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien." (n. 398).

La crisis de identidad que vivimos no puede comprenderse sólo en términos sociológicos. Hay una dimensión espiritual más profunda, pues desde la caída en el jardín del Edén, el ser humano ha ido experimentando una ruptura interior. En este contexto, algunas personas pueden buscar refugio en identidades alternativas que parezcan ofrecer coherencia, pertenencia o escape del sufrimiento.

Identificarse con un animal puede simbolizar para algunos una forma de huir de la complejidad del ser humano, porque ser humano implica responsabilidad y conciencia, mientras que el animal vive según el instinto y se deja dominar por sus pasiones. Pero cómo lo leímos en el Catecismo, el hombre, al hacer una elección de sí mismo contra Dios y las exigencias de su estado, atenta contra su propio bien.

Desde una perspectiva espiritual, no podemos ignorar que hoy existe una gran batalla en torno a la identidad humana. Si lo más valioso del hombre es haber sido creado a imagen de Dios, no resulta extraño que esa verdad sea precisamente la más cuestionada en nuestra cultura. Por lo tanto, si este es el regalo más valioso, es evidente que el demonio va a querer arrebatarlo. Es por esto que probablemente el demonio está satisfecho con el hecho de que haya personas que decidan voluntariamente “renunciar” a lo más valioso que tienen, y seguirá tentando de esa manera.

¿Qué nos toca cómo católicos?

Primero que nada, debemos recordar que lo que se esconde detrás de esa máscara de perro, lobo, gato, o cualquier animal, es un ser humano, un humano herido pero que conserva su dignidad ante los ojos de Dios. Ante el fenómeno de los “therians” nuestra reacción no puede ser la ridiculización ni solamente alarmismo. Reírse de quien atraviesa una crisis de identidad no restaura su dignidad, sólo profundiza su aislamiento y lo aleja de un posible camino de salida.

Como católicos la invitación no es a “combatir esto” sino más bien a ir a la raíz del problema y desde ahí actuar. ¿Qué está buscando esta generación? ¿En qué momento se ha perdido este sentido de identidad humana, que es digna y valiosa? Sabemos que cada vez más las familias viven fragmentadas, y en una cultura en donde el relativismo reina, la belleza de la identidad humana ya no se está transmitiendo.

Cristo no sólo vino a revelarnos quién es Dios, sino que también nos revela quién es el hombre. Sabemos que la identidad y la naturaleza del hombre no se construyen, sino que se reciben cómo hijos de Dios y que no dependen de un sentimiento, pues están inscritas en el ser lo queramos o no.

El ser humano es estar llamado a la vida eterna con Dios, es ser capaz de verdad, de amor, de sacrificio, de eternidad, de grandeza, de santidad. Esto, aunque suena muy bonito, es exigente, y vivimos en una generación que no le gusta la exigencia y que prefiere lo inmediato. Quizás hemos olvidado transmitir la belleza de lo que es ser creados a imagen de Dios, y mientras esa verdad no vuelva a existir en el centro de nuestra cultura, seguiremos viendo intentos desesperados de reinventar lo que, en el fondo, nunca dejó de ser una verdad absoluta.

El ser humano no necesita dejar de ser humano para encontrar sentido. Necesita redescubrir quién es realmente: un hijo amado de Dios. Comencemos por ahí, comencemos devolviéndole la dignidad a quienes tenemos a nuestro alrededor. No tenemos que irnos directamente con un “therian” a gritarle que es hijo amado de Dios. Podemos hacerlo, sí, de una manera ojalá astuta y pastoral, pero lo más importante aquí, es entender que ese fenómeno es un síntoma de una sociedad profundamente enferma, desorientada en su comprensión de lo humano, y el antídoto que la Iglesia propone es la verdad sobre el hombre, iluminada por el amor de Dios

Hoy más que nunca, necesitamos volver a enseñar la belleza de lo humano. Porque defender la dignidad del hombre no es una batalla cultural, es custodiar la imagen de Dios en el mundo.







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