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Vasos comunicantes

Del documento de Aparecida a la «Evangelii Gaudium»
Entrevista al Dr. Carriquiry, Secretario de la Vicepresidencia de la Comisión Pontificia para AML. 5-09-2014


Por: Nicola Gori | Fuente: www.americalatina.va



Existe un hilo conductor que une el documento de Aparecida y la exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco. Lo destaca el secretario encargado de la vicepresidencia de la Comisión pontificia para América Latina, Guzmán Carriquiry Lecour, quien habla de una «conversión personal, pastoral y misionera» a la cual el Pontífice nos llama a todos, comenzando por los pastores y terminando con los laicos y los jóvenes. Y precisamente a estos últimos —anuncia en la entrevista a nuestro periódico— será dedicado el próximo documento publicado por la Comisión pontificia.

¿De qué modo el continente se siente interpelado por el primer Pontífice latinoamericano de la historia?

En la población hay una actitud muy positiva hacia el pontificado del Papa Francisco. Hay una gran alegría y entusiasmo. Esto es muy importante, pero no basta. Es necesario ser conscientes de las nuevas exigencias y de las nuevas responsabilidades que este hecho inédito trae consigo. Es necesario ante todo plantearse algunas cuestiones de fondo: ¿qué está diciendo el Espíritu a la Iglesia universal y a las Iglesias locales por medio del testimonio, del magisterio y del ministerio del Papa Francisco? ¿Qué nos está mostrando Dios, qué nos está diciendo, qué nos está pidiendo cambiar, qué caminos nos está indicando para seguir? La providencia sitúa a la Iglesia, a los pueblos y naciones de América Latina en una situación singular, excepcional. Se podría incluso afirmar que se necesitaría releer la historia, la realidad actual y la proyección futura de América Latina a la luz del pontificado del Papa Francisco. Cómo no recordar las palabras que Benedicto XVI pronunció en el avión que le llevaba a Brasil al responder a los periodistas: «estoy convencido —dijo refiriéndose al continente latinoamericano— de que aquí se decide, al menos en parte, en una parte fundamental, el futuro de la Iglesia católica». Con el Papa Francisco también está en juego el futuro de América Latina.

¿Cuánto puede influir este pontificado en la aplicación del documento de Aparecida?

El documento de Aparecida fue signo de comunión, de madurez eclesial y de impulso misionero para todo el continente. Hay un hilo de continuidad entre ese texto y la exhortación apostólica Evangelii gaudium, unidos por vasos comunicantes. El pontificado del Papa Francisco nos vuelve a proponer ahora con fuerza la conversión personal —un encuentro siempre renovado con Cristo— pero también la conversión pastoral, ante todo de los pastores, y la conversión misionera: salir hacia todas las periferias e ir al encuentro de la gente, especialmente de los más pobres. Trataría de sintetizar la responsabilidad más grande y, al mismo tiempo, el desafío que se plantea hoy a la Iglesia de América Latina afirmando que se requiere dar un salto de cualidad en la fe del pueblo, en la formación y en la conversión de sus ministros, en la re-consagración de las comunidades religiosas, en una Iglesia evangelizada nuevamente y llamada a recapitular e incorporar en sí misma, en la medida de lo posible, los grandes tesoros de gracia y santidad, de doctrina, cultura y caridad de la tradición católica. ¿Está la Iglesia latinoamericana en condiciones de asumir, por gracia de Dios, esta tarea histórica?



La evangelización del continente es una prioridad de la Iglesia. ¿Cómo están implicados los laicos?

Existe por todas partes una gran generosidad y compromiso por parte de los fieles laicos en la misión de la Iglesia en América Latina. Las familias cristianas son una fuerza viva de la evangelización de nuestros pueblos. Son numerosos los laicos catequistas y los colaboradores parroquiales. Muchos se comprometen en asociaciones, movimientos y nuevas comunidades. Sin embargo, falta una mayor coherencia y presencia incisiva que abra caminos al Evangelio en la vida política, en los diversos ámbitos académicos y en la cultura intelectual, en el ámbito de las comunicaciones sociales, en el trabajo empresarial y en las responsabilidades sindicales, en las organizaciones populares. Una cierta visión eclesiástica del compromiso secular de los laicos que no prevé los ámbitos, la compañía y las modalidades pedagógicas para promover efectivamente este compromiso es otra cara del clericalismo, aún muy presente entre nosotros.

¿La devoción popular puede ser instrumento de evangelización o corre el riesgo de resultar engañosa?

Se trata de un tesoro para América Latina, que hay que proteger, cultivar y fructificar en la sacramentalidad misionera de la Iglesia. Es la modalidad de inculturación del Evangelio entre los pobres, que contiene y expresa un intenso sentido de trascendencia, una verdadera experiencia de amor teologal. «En el ambiente de secularización que viven nuestros pueblos» —dice bien el documento de Aparecida— la religiosidad popular «sigue siendo una poderosa confesión del Dios vivo que actúa en la historia y un canal de transmisión de la fe». En la Iglesia de América Latina se experimenta el hecho de que «el caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular es en sí mismo un gesto evangelizador por el cual el pueblo cristiano se evangeliza a sí mismo y cumple la vocación misionera de la Iglesia».

¿Ocuparse de los jóvenes que cayeron en el desencanto y en la desconfianza es también una prioridad para la Iglesia en América Latina?



Ciertamente. Ellos son más del veinticinco por ciento de la población. Los millones de jóvenes latinoamericanos que se reunieron en Copacabana para la JMJ son una realidad y un potencial enorme para la Iglesia. Ahora es necesario saberlos acompañar de cerca, ayudarles a crecer en la fe y facilitar su participación en la vida de la Iglesia. Se plantea, sin embargo, un desafío enorme —ya sea como emergencia educativa que como transmisión de la fe— hacia tantos jóvenes abandonados a su suerte, sin padres ni maestros y sin verdaderos educadores, arrastrados por una cultura que siembra confusión sobre el sentido de la vida. La Iglesia debe interesarse de manera especial de ese veinte por ciento de jóvenes latinoamericanos que no están integrados en el sistema escolar y que son marginados también por el mercado del trabajo, en situaciones de gran vulnerabilidad, tentados por el consumo de las drogas y presas fáciles de las redes del narcotráfico y de la violencia urbana.

La justicia social y la superación de la desigualdad son objetivos aún lejanos de ser alcanzados en el continente. ¿Que aportación pueden dar los cristianos en este sentido?

América Latina ha vivido un importante crecimiento económico en los últimos diez años. Esto ha consentido a casi cincuenta millones de latinoamericanos abandonar la situación de pobreza e incorporarse, si bien en condiciones aún muy difíciles, en los servicios escolares y de sanidad, así como en el mercado del trabajo y del consumo. Pero enormes desigualdades sociales siguen existiendo: una situación escandalosa sobre la que se alza a menudo la voz profética de la Iglesia. Grupos sociales de nuestras poblaciones se encuentran en situaciones de miseria, esclavitud y marginación, como víctimas de esa «cultura del descarte» de la que habla con frecuencia el Papa Francisco. La Iglesia en América Latina está cercana a los pobres y tendría que serlo cada vez más. Son muchas y están en todas partes las obras que salen en ayuda de las necesidades más urgentes de nuestros pueblos. Abundan los «buenos samaritanos», pero no son suficientes los artífices de una «caridad política» competente y valiente, que afronten la cuestión de los paradigmas económicos y de las estructuras sociales que reproducen las desigualdades. Las injusticias presentes son una señal para medir la fecundidad de una fe vivida como fuerza de cambio de la persona y de la sociedad.

¿Cuáles son los proyectos que la Comisión pontificia tiene para el futuro próximo?

Nos alegra que nuestra Comisión pontificia sea cada vez más, en el ámbito de la Curia romana, una referencia acogedora y estimulante para los latinoamericanos, comenzando por muchos obispos que nos visitan. Estamos por publicar un documento sobre la evangelización y la pastoral de los jóvenes en América Latina, que muy pronto se enviará a todos los obispos; y acabamos de publicar las actas del encuentro-peregrinación que en noviembre pasado reunió en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe a más de ochenta obispos de todo el continente, junto con muchos otros participantes de Norteamérica. La «Morenita» guía nuestros pasos. El próximo 12 de diciembre —día de su fiesta litúrgica— colaboraremos en la preparación de una gran cita: la misa que el Papa Francisco presidirá en la basílica de San Pedro. Además, estamos pensando en promover, junto al Consejo pontificio Cor Unum, una jornada de comunión y solidaridad a cinco años del terremoto en Haití. Y del 13 al 15 de marzo de 2015 tendrá lugar un importante congreso en Bogotá, organizado por el CELAM en colaboración con la Comisión pontificia, en el que más de ochenta obispos de todos los países latinoamericanos se reunirán para identificar juntos los caminos de aplicación creativa de la exhortación apostólica Evangelii gaudium.

 

 







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