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P. Álvaro Corcuera:Buscamos colaborar con todas las realidades eclesiales
Texto de la intervención del P. Álvaro Corcuera, director general de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi, durante la primera mesa redonda del VI Encuentro Mundial de las Familias


Por: P. Álvaro Corcuera L. C. | Fuente: Catholic.net



México, 15 de enero de 2009. Presentamos a continuación el texto de la intervención del P. Álvaro Corcuera, director general de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi, durante la primera mesa redonda del VI Encuentro Mundial de las Familias que tuvo lugar durante la tarde de ayer. Las ponencias de esta mesa redonda, que fue moderada por el Cardenal Stanislaw Rylko, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, trataron el tema: Organismos que ayudan a la familia en la formación de valores. Intervinieron el Pbro. Saúl Ragoitia (quien habló sobre las parroquia), Marylin Barrio (Movimiento de los Focolares); Gustavo A. González Montes y familia (Movimento Schönstatt); Giovanni Stirati (Camino Neocatecumenal) y el Prof. Eduardo Zainos García Cano (quien presentó el papel de la escuela).

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Eminentísimos señores cardenales, excelentísimos señores obispos, sacerdotes, queridos amigos todos.

En primer lugar quisiera agradecerle mucho a Dios nuestro Señor por estar aquí juntos reunidos en familia. Reunidos aquí cuando escuchamos muchas veces las mismas cosas, pero sin embargo todos queremos escuchar la acción siempre viva del Espíritu Santo que nos transforma. Y por eso queremos estar aquí como estaban los apóstoles reunidos en Pentecostés, para decirle que Él nos transforme, que Él nos guíe y que podamos nosotros aprender mutuamente de esta maravillosa riqueza de la Iglesia.

Cómo agradecemos a Su Eminencia, al Card. Antonelli, por esta gran iniciativa que nos une de manera particular a nuestra Iglesia. Reunidos aquí en este nuevo Pentecostés. En esta reunión, en este encuentro, creo que Dios nuestro Señor nos está pidiendo a todos nosotros ser como los primeros cristianos. Formando un solo corazón y una sola alma. Una realidad que nos hace ver que estando en tiempos no fáciles, no tenemos alternativa, sino vivir como Jesucristo nuestro Señor que pasó haciendo el bien, con la urgencia de hacer el bien.

También en este encuentro, en México, donde nuestro Movimiento Regnum Christi, la Congregación de los Legionarios de Cristo nacimos. En un país profundamente católico, de una gran tradición familiar. Donde nosotros simplemente queremos aportar el carisma que hemos recibido. Donde no buscamos ser protagonistas sino simplemente servir. Colaborar con todas las demás realidades eclesiales que son una grandísima bendición. Colaborar y apoyar a nuestros pastores para que Dios nuestro Señor pueda realizar su plan de salvación.

No me voy a detener a exponer las diversas iniciativas o los diversos trabajos apostólicos que realiza el Movimiento. Por otro lado aparecen ya escritos . Pero sí básicamente ver qué es aquello que está a la base de todo nuestro trabajo apostólico, sin lo cual carecería de un sentido. El Movimiento tiene como característica propia —que no es nuestra, sino la acción de Dios para su Iglesia—, en el conocimiento, en el amor y en la transmisión del amor misericordioso de Dios nuestro Señor. Creemos profundamente que nuestro principal apostolado es la familia como la célula básica, como la base de la sociedad. Todos nuestros esfuerzos están enfocados de manera particular a la familia. Y por eso estamos convencidos que si realmente queremos aportar, como un cuerpo, al servicio de la Iglesia y de la sociedad, hemos de construir bien arraigados sobre las virtudes teologales, la columna vertebral de nuestra fe cristiana.

Buscamos que las diversas actividades nos lleven a vivir profundamente en primer lugar la fe, una fe viva, una fe que se renueva, una fe que no es un cumplimiento de unos mandatos, sino una respuesta viva al amor eterno de Dios, al amor de Jesucristo. Donde buscamos ayudarnos mutuamente los padres de familia, los hijos y todos los miembros de la sociedad, para que Dios nuestro Señor que nos creó por amor, sea el centro de nuestra vida, sabiendo que Él es la respuesta para todos los problemas de la sociedad. Buscamos que Jesucristo no sea una idea sino sea el centro de nuestra vida. El Padre, el amigo, el hermano. Buscamos ayudar que en la familia se ame a la Iglesia como un cuerpo, y que de la Iglesia brote un profundo sentido apostólico que se dedica a hacer el bien a ejemplo de Jesucristo.

En los diversos apostolados buscamos que se logre la vivencia de los sacramentos no como un evento social, sino como una auténtica celebración de la presencia de Dios. Donde no nos acostumbremos a vivir nuestra fe. Donde se aprenda a vivir el don maravilloso de la fe. Donde nosotros podamos compartir la fe. Y donde no tengamos miedo a amar y a predicar el amor de Dios nuestro Señor. Una fe que no divide. Una fe que nos une, que nos une en el amor. Sabiendo que Dios nos creó por amor, nos lleva de la mano amando, y nos lleva al cielo como la meta del amor. Los sacramentos que nos ayudan a que sea una verdadera celebración. La Eucaristía como el centro de la familia cristiana. Donde no se acude a la santa misa como un deber, sino como un auténtico encuentro de nuestra familia católica, que nos une a todos los hombres del mundo. Donde también la familia, en la fe, se adhiere a la voluntad santísima de Dios, y por eso es el lugar más propicio para las vocaciones sacerdotales y para la vida consagrada de la que tanto tiene urgencia nuestra Iglesia católica y toda la sociedad.

En las diversas iniciativas apostólicas buscamos de una manera particular que se viva la virtud de la esperanza. La esperanza que le da esa dimensión gozosa a la fe, que hace ir más allá de los sufrimientos, de las tristezas, donde en familia nos ayudamos a sobreponernos, a sobrellevar la enfermedad, e incluso el paso de la muerte, para que en la unión familiar la esperanza le dé un sentido cristiano, gozoso y auténticamente feliz a nuestra vida. Permítanme compartirles una experiencia de hace algunos meses. Estando en Chile, cuando nueve niñas de nuestros colegios fallecieron en un accidente donde un autobús se volteó, perdieron la vida nueve niñas de quince años, varias salieron heridas. Y hace unos meses, celebrando la misa en Santiago, en ese gran país de Chile, veía la fe maravillosa y la esperanza de esas familias. Había un dolor que no era un hundimiento, sino era un dolor que nos une, que nos llena de esperanza, que nos fortalece también. Es lo que buscamos en nuestros apostolados.

En este año Dios también ha permitido que algunos de los miembros del Movimiento hayan fallecido incluso con muertes dramáticas, algunos siendo asesinados. Pero en todas estas familias no se ha visto una tristeza que sofoca, sino una auténtica esperanza y un perdón cristiano. Recuerdo en la misa por aquellas niñas que fallecieron en Santiago de Chile, que una de las compañeras se levantó en la oración de los fieles para pedir por el conductor del autobús, de tal manera que él no experimentase la tristeza, la desolación, y para que se sintiese acompañado. Es el sentido de la esperanza cristiana. Y por eso estamos aquí.

Y, por último, nuestros apostolados buscan que vivamos el mandamiento que Dios nuestro Señor nos dio, sin lo cual nada tiene sentido, y con el cual todo tiene un sentido. Que es la caridad. ¿De qué nos serviría todo sin la caridad? En la familia se aprende a amar, se aprende a recibir gozosamente, como el mayor don que podamos tener los hombres, el amor de Dios. Y por eso se imita la bondad de Dios. La familia que busca ser y que es un espejo del amor de Dios. Ahí es donde se aprende a perdonar, donde se aprende el amor misericordioso, la compasión, la paciencia, la justicia que se ve coronada por la caridad. En la familia se aprende a disculpar, se aprende a hablar bien, se aprende a pensar bien. En la familia se huye de la crítica, de todo aquello que pueda hacer morir el alma. Por eso, en las diversas actividades apostólicas como en Familia Misionera , y otras tantas actividades en la que los miembros consagrados y seglares dan su vida, no podemos sino agradecerle a Dios porque nos hace ver que nos creó para amar, nos creó para ser un espejo vivo del amor de Cristo.

Durante Navidad tuve la gracia de estar en Tierra Santa, y caminando por las calles me encontré a una pareja. La señora era musulmana, el señor era judío y yo era cristiano. Fuimos caminando y ellos me dijeron: “Padre, enséñenos el barrio cristiano. Queremos ir a los lugares cristianos”. Fuimos a recorrer el santo sepulcro, el lugar del calvario, los diversos lugares santos. Y al final nos quedamos conversando juntos. Ellos nos decían: “Realmente, Dios nuestro Señor nos hace ver que lo que nos une es el amor”. Por eso, nuestra misión es construir, es suavizar todas aquellas divisiones, es ser instrumentos de la paz. Y por eso tener este congreso en México, a los pies de la Santísima Virgen de Guadalupe, es una profunda bendición. Nos invita a no tener miedo de amar, de ser aquello que tenemos que ser. De amar de una manera universal, sin ninguna discriminación, donde todos estamos llamados a amar, a llegar al cielo, a adelantar el cielo y a vivir con la urgencia del aprovechamiento del tiempo sabiendo que tenemos solamente una vida muy breve para hacer el bien.

Muchas gracias por esta oportunidad. Que Dios les bendiga.







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